El bienestar también llegó en lancha
Vivir bien no es sentirse bien. En la vida se sufre, se pierde y se lucha. Personalmente creo que se puede vivir bien con tres hacks simples: haciendo ejercicio, comiendo alimentos reales y leyendo los clásicos. Estas tres cosas no te van a meter las manos en los bolsillos y tampoco te van tocar las bolas.
Crónica desde la selva húmeda, donde todo se sana… si pagás en efectivo.
Yo vine a ver el mar, pero terminé viendo a un alemán defecado, llorando y abrazando a una ceiba porque una «bruja» en una sanación de Ayahuasca le aseguró que acababa de liberar un trauma transgeneracional (tus ancestros te protegen).
Selva, espiritualidad y Sinpe Móvil
Este lugar entendió algo clave: si mezclás jungla, precariedad, personas divorciadas o con adicciones, turistas con culpa histórica y palabras como «ancestral», podés vender cualquier cosa:
- Ayahuasca.
- Rapé.
- Temezcal.
- Terapias de sonido acuático.
- Ceremonias de cacao.
- «You name it» (agréguese holístico al frente).
Y el famoso «sapo», que en realidad es Incilius alvarius, un anfibio no nativo que aparece mágicamente en ceremonias tropicales lejos de su lugar de origen.
Todo es sanación. Todo es profundo. Todo cuesta entre 80 y 300 dólares. No incluye factura. No tributan pero votan por gente que promete justicia social.
No estoy diciendo que todo es una estafa, pero si suena muy «espiritual» probablemente lo es.
El nuevo chamán sabe más de psicoanálisis y psicología que un profesor de la UCR, habla inglés y probablemente no nació aquí. Es argentino, español o canadiense y tiene Instagram, Tik Tok y libros de gurús orientales.
Habla de «energía femenina», «linajes» y «activar el corazón». Te explica que no estás mal. Estás bloqueado. Y si no sanas, tranquilidad: «es parte del proceso».
Colonialismo espiritual con vista al mar
Lo interesante no es la medicina. Es el relato. La jungla se vuelve escenario. La cultura local, utilería. La pobreza, «vida simple».
El lugar deja de ser donde la gente vive y trabaja, y pasa a ser un spa emocional al aire libre para personas cansadas de su propia existencia.
No vienen necesariamente a conocer. Vienen a arreglarse.
Cuando el malestar se llama «resistencia»: Si dudás, sos racionalista. Si preguntás, sos egoico. Si algo te incomoda, es porque «la medicina está trabajando».
Acá no hay ningún error posible. Solo más ceremonia. Y siempre hay otras dosis. Otro círculo. Otra noche. Otro pago.
Bienestar en chanclas: Este bienestar no grita. Te sonríe. Te abraza. Te dice «todo está bien».
Mientras tanto: el alquiler sube, la comunidad local se desplaza, y la selva se convierte en fondo de selfie. Pero vos respirás profundo, así que todo bien.
Sentirse bien bajo palmeras no es vivir bien
Este lugar no necesita más sanadores importados o locales, ni anfibios exóticos rebautizados como «medicina».
Necesita infraestructura, educación, trabajo digno y respeto. Pero eso no vende retiros.
Así que seguimos confundiendo sentirse bien por unos días con vivir bien de verdad.
Confundimos la introspección con la anestesia. Y la espiritualidad con el consumo.
Epílogo (con humedad al 90 %)
Cuestionar este «bienestar» tropical no es atacar tradiciones. Es defenderlas del uso decorativo. No se trata de rechazar lo espiritual. Es rechazar el marketing disfrazado de medicina.
Y quizá, solo quizá, si algo te incomoda en la jungla, probablemente no sea un trauma liberándose, sino tu intuición despertando.
UN POCO DE HISTORIA
El origen del «bienestar» moderno: de la filosofía a la pseudo-industria.
En los últimos años, la palabra «bienestar» aparece en todo: redes sociales, empresas, gobiernos, aplicaciones, coaches, gurús y productos milagro.
El término se ha vuelto omnipresente, casi incuestionable. Pero ¿de dónde viene realmente esta obsesión por el «well-being«? ¿Se trata de algo antiguo, científico, o más bien de una construcción moderna cargada de marketing y supuestos morales?
Un recorrido histórico, con autores y libros concretos, permite entender cómo nació el bienestar moderno y por qué hoy muchos lo consideran una forma de pseudo-ciencia o una ideología blanda.
La idea de una vida buena es muy antigua, pero durante siglos no tuvo nada que ver con motivación constante, positividad obligatoria ni autoayuda. En la filosofía clásica, vivir bien no significaba sentirse bien todo el tiempo.
Aristóteles hablaba de la «eudaimonía» como una vida orientada a la virtud, al carácter y a la responsabilidad, no al placer inmediato ni a la comodidad emocional, como desarrolla en la Ética a Nicómaco.
De forma similar, tradiciones orientales como el ayurveda o la medicina china ponían el acento en el equilibrio, la disciplina y los límites, no en la idea de «manifestar» deseos personales.
El bienestar clásico implicaba deber, esfuerzo y orden, no satisfacción emocional permanente.
El giro problemático aparece en el siglo XIX, cuando surgen movimientos que rompen con la medicina científica y mezclan espiritualidad, moral y salud.
Corrientes como el New Thought, el mind-cure o la Christian Science introducen una idea central que marcaría el discurso moderno: si piensas bien, te curas; si estás mal, es tu culpa. Aquí se origina una narrativa que traslada la responsabilidad de la enfermedad, la pobreza o la tristeza casi por completo al individuo, interpretándolas como fallas internas.
En este momento nacen muchas de las semillas del bienestar moralizado que aún persisten.
A mediados del siglo XX, especialmente entre los años cincuenta y setenta, nace formalmente la industria del «wellness» en Estados Unidos.
- Halbert L. Dunn, en High-Level Wellness, redefine el bienestar como una optimización constante de la vida y no solo como la ausencia de enfermedad.
- John Travis populariza la idea del «continuo del bienestar«.
- Mientras que Donald Ardell, también en obras tituladas High-Level Wellness, impulsa la noción de que el individuo es casi totalmente responsable de su salud, al margen de médicos, fármacos o condiciones sociales.
En este punto ocurre un giro clave: el bienestar deja de ser un concepto ético o médico y se convierte en un proyecto personal permanente, una tarea sin fin.
Entre los años ochenta y comienzos del siglo XXI, con la influencia de la contracultura, el auge del yoga, la meditación reinterpretada y posteriormente la psicología positiva, el bienestar adopta un carácter cada vez más emocional, individualista y fácilmente comercializable. Aparecen gurús, certificaciones dudosas, libros de autoayuda y programas corporativos de «felicidad«.
El bienestar deja de describir la realidad humana y empieza a prescribir cómo se supone que una persona debe sentirse, incluso bajo condiciones adversas.
En las últimas décadas, varios autores han criticado duramente esta deriva.
- William Davies, en The Happiness Industry, analiza cómo gobiernos y empresas transformaron el bienestar en una herramienta de control, medición y productividad.
- Jonathan N. Stea, en Mind the Science, denuncia la pseudo-ciencia, la charlatanería y el daño real provocado por el negocio del wellness.
- Tomasz Witkowski, en Psychology Gone Wrong, muestra cómo muchas prácticas presentadas como terapéuticas carecen de base científica sólida.
Desde esta perspectiva, el llamado «pseudo-bienestar» tiende a culpar al individuo de problemas estructurales, reemplaza la evidencia por narrativas emocionales, vende soluciones simples a problemas complejos y confunde sistemáticamente «sentirse bien» con «vivir bien«.
No se trata de un fenómeno neutral ni inocente, y mucho menos siempre científico.
El bienestar no comenzó como marketing ni como positividad obligatoria; eso vino después.
Cuestionar hoy el discurso dominante del «bienestar» no es cinismo ni negatividad, sino una forma legítima de pensamiento crítico frente a una industria que mezcla moral, mercado y psicología sin asumir sus límites.