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El Legado Libertario de Rothbard

El Manifiesto libertario de Murray N. Rothbard, abrió una nueva vía a la indagación ética y política apelando a lo que se ha llamado el «legado libertario».

Rothbard ha desarrollado axiomáticamente su sistema a partir de los postulados de la no agresión y de la propiedad privada, deducidos originariamente de una concepción realista del Derecho Natural.

El Estado, opuesto polarmente a la sociedad anarquista, debía ser a su juicio erradicado. Sin embargo, no puede decirse que el anti-estatismo rothbardiano sea necesariamente anti-político, al menos desde el punto de vista de la estrategia revolucionaria liberal.

En todo caso, convendría recordar ahora que ha habido anti-estatismos políticos, es decir, no negadores de la centralidad de las políticas, como demuestra el ejemplo de la Revolución americana, y claramente anti-políticos, como el socialismo utópico.

Por otro lado, tampoco las ideologías anti-políticas son unívocas, pues las hay de raíz anti-estatista, como el anarquismo clásico, y estatista, como el socialismo marxista y la socialdemocracia hoy predominante.

El anarcocapitalismo que representan, entre otros, Rothbard y su discípulo Hans-Hermann Hoppe entraría, con ciertas reservas, dentro de la categoría del anti-estatismo no necesariamente anti-político. Este detalle suele pasar inadvertido, incluso a los propios libertarios, ello es debido a la confusión general entre los conceptos de Estado y Gobierno.

Así lo reconocía el propio Rothbard: Uno de los más graves problemas que se plantean en los debates acerca de la necesidad del gobierno es el hecho de que tales discusiones se sitúan inevitablemente en el contexto de siglos de existencia y de dominio del Estado.

Acostumbradas las gentes a la monopolizadora mediación del Estado, les resulta extraordinariamente difícil comprender que su concurso no es perse necesario para el sostenimiento del orden, incluso puede convertirse, como viene sucediendo desde 1945, en el mayor impedimento para la persistencia de un orden social sano.

Sucede, en el fondo, que una cosa es el Estado, que es una forma política concreta de una época histórica y otra el Gobierno, que es un mando jurídicamente institucionalizado.

El Estado es accidental, pero el Gobierno, al menos en términos de la durée humana, es eterno.

Por eso, no sólo como economista teórico, sino como crítico de los sistemas políticos contemporáneos, Rothbard escribió que «el gran non sequitur en que han incurrido los defensores del Estado, incluidos los filósofos clásicos aristotélicos y tomistas, es deducir de la necesidad de la sociedad el Estado»

Esto ha sido así desde finales del siglo XV, fecha a partir de la cual esta forma política, el Estado, operó en etapas sucesivas la pacificación del continente, neutralizando los conflictos y sometiéndolos, si no había más remedio, al juicio de unas guerras limitadas, ante las que todos los Estados se presentaban como justus hostis. Pero ello no quiere decir que la estatal sea la forma definitiva de la convivencia política.

El Estado sucedió a otras formas pre-modernas, incluso convivió con algunas de ellas, y será sucedido por ordenaciones de los elementos básicos de la convivencia política desconocidas hasta ahora.

Como ha recordado Jesús Huerta de Soto

«El sistema de Estados mínimos y ciudades libres concebido por Hoppe»

«tiene en última instancia, carácter gubernamental, por lo que podrían seguir coaccionando a sus ciudadanos mediante el sistema fiscal, las regulaciones intervencionistas, etc …»

Véase:

«El desmantelamiento del Estado y la democracia directa (2000)».

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