El precio real: libertad
La historia de la humanidad no es una marcha del progreso material, sino una sucesión de conflictos por «poder sobre personas«.
La guerra no es un accidente: es el resultado natural del Estado cuando expande su dominio. Y el verdadero costo de la guerra no se mide en infraestructura destruida, sino en «libertad perdida«.
En ese marco, los gestos simbólicos no son poesía: son estrategia. Reconocimientos, transferir el premio nobel de la paz y respaldos internacionales funcionan como capital político.
La lectura es simple
Anclar una causa a centros reales de poder para controlar el costo de la represión. No se trata de santificar a nadie, sino de enviar un mensaje preventivo: cualquier acción futura será observada, registrada y juzgada.
Bajo esa lógica también se entiende por qué Machado no regresa a Venezuela. No es cobardía ni cálculo electoral, sino supervivencia. En un régimen donde el poder no tiene límites jurídicos, volver puede equivaler a ser torturada o desaparecer. El riesgo no es la derrota política, sino la eliminación física. Y un muerto no lidera transiciones.
Por eso la vía racional no es el choque frontal ni el martirio romántico, sino la transición controlada.
Concurso de Popularidad
Primero descomprimir el conflicto, negociar la salida del régimen actual, reducir el incentivo a la violencia y estabilizar el terreno. Solo después, cuando el monopolio de la fuerza deje de ser herramienta de castigo, permitir el verdadero «concurso de popularidad» democrático.
Elecciones antes de eso no son democracia: son rituales bajo amenaza.
En el mundo moderno, además, la guerra ya no puede ocultarse. Cámaras, redes sociales y transmisión instantánea hacen imposible sostener la ficción del «daño colateral».
Legitimidad en Juego
Ninguna madre quiere ver a su Estado convertido en carnicero, ni a sus hijos morir o matar frente a una pantalla. La segunda guerra mundial y Vietnam lo mostraron. Afganistán lo confirmó. La legitimidad moral del poder estatal se erosiona en tiempo real.
Por eso los Estados no abandonan la violencia: la refinan. Menos invasiones abiertas, más operaciones «quirúrgicas» con mucha precisión.
Menos ejércitos visibles, más drones, sanciones, inteligencia y golpes selectivos. No por humanidad, sino por cálculo político. La masacre abierta ya no vende; la precisión fría, sí.
En ese contexto, cualquiera que desafíe a un régimen brutal será etiquetado. No importa si actúa por su país o por simple oposición al tirano: el reflejo ideológico es llamarlo «facha«.
No es análisis, es propaganda. Es el juego del poder: deslegitimar primero, discutir después.
La Lección es Simple y Brutal
El Estado no se vuelve moral; solo aprende a «matar sin escándalo». Y mientras más tecnología tiene, más eficiente se vuelve en ocultar el costo real de su violencia.
Esto no es progreso.
Es «brujería política«: hacer desaparecer la sangre del discurso mientras se mantiene intacto el monopolio de la fuerza.