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UBI, el Corpus y la nueva rebelión humana

Una crónica desde el frente de la economía política de la IA

Había algo profundamente extraño en el aire la primera vez que lo vi claro. No fue en un laboratorio de Silicon Valley ni en un panel de Davos lleno de tipos con zapatillas de mil dólares hablando de «el futuro del trabajo». Fue hoy, una madrugada cualquiera, frente a una pantalla, leyendo tranquilamente sobre cómo las nuevas máquinas «aprendían».

Aprenden de nosotros

  • Líneas de código subidas a GitHub.
  • Preguntas y respuestas en StackOverflow.
  • Memes absurdos publicado a las 3:28 a.m.
  • Fotografías olvidadas en Flickr.
  • Riffs de guitarra en Bandcamp.
  • Gente hablando papaya en Reddit.
  • Todo…

Los sacerdotes de la nueva religión tecnológica tienen un nombre elegante para eso: «training data«. Peeero, si quieren sonar más solemnes, le pueden llamar: «El Corpus«.

El Corpus

Como si fuera una biblioteca sagrada construida por filósofos antiguos y archivistas heroicos. Pero hay un pequeño detalle que esos sacerdotes prefieren no mencionar: esa biblioteca la escribimos nosotros.

  • Cada programador insomne.
  • Cada ilustrador freelance.
  • Cada músico que subió su álbum por 1 dólar.
  • Cada artículo en blogs personales.

Miles de millones de pequeñas contribuciones humanas. Una civilización entera convertida en dataset.

El trato que nos ofrecen

Y ahora llega la brujería. La solución tecnocrática: «Renta Básica Universal«. Un cheque.

Una pequeña transferencia mensual para que no hagamos demasiadas preguntas incómodas mientras las máquinas entrenadas con nuestro propio trabajo cultural acumulado empiezan a producir arte, código, música, textos, diseño y estrategia a una velocidad sobrehumana.

La narrativa es siempre la misma: «No se preocupen… Les pagaremos para que existan«.

Un pequeño estipendio para la nueva clase social emergente: la humanidad redundante. Es un arreglo muy cómodo para las plataformas. Las empresas capturan el valor del «Corpus humano» y, a cambio, nos devuelven una pequeña fracción como subsidio existencial. Pero aquí es donde la cosa se pone interesante. Porque hay una vieja idea económica que los tecnócratas parecen haber olvidado. Una idea que no nació en Silicon Valley sino en la teoría de los derechos de propiedad. El nombre de ese maestro era «Ronald Coase«.

El problema de las externalidades

Si un molino contamina un río y arruina la pesca, el problema no es místico. Es económico. Hay una externalidad. El molino obtiene beneficios mientras los pescadores pagan el costo. La solución clásica del Estado moderno es simple: impuestos, regulación, burocracia.

Pero Coase propuso algo radicalmente distinto. Si los «derechos de propiedad están claros«, las partes pueden «negociar». Los pescadores pueden cobrar al molino. El molino puede pagar para contaminar menos. El mercado resuelve el problema. No hace falta un ministerio entero de expertos en formularios. Solo hace falta algo muy simple: «propiedad y negociación«.

El verdadero conflicto de la IA

Ahora traslademos esa idea al siglo XXI. Las empresas de IA están entrenando modelos con el «Corpus humano«:

  • Arte.
  • Texto.
  • Música.
  • Código.
  • Fotografía.
  • Cine.

La creatividad acumulada de la civilización y eso genera una externalidad gigantesca. Las plataformas capturan el valor económico y los creadores originales reciben cero.

La respuesta tecnocrática: «Les daremos UBI«.

La respuesta verdaderamente libertaria sería otra muy distinta: sin subsidios, con propiedad.

El giro coasiano

Imaginemos algo diferente. Un mundo donde millones de creadores: artistas, programadores, escritores, fotógrafos y demás licencian colectivamente su trabajo para entrenamiento de IA.

  • Sin caridad.
  • Sin subsidio.
  • Con «Licencias».

Cada dataset usado por un modelo comercial tendría que pagar por el Corpus del cual se alimenta. Las empresas de IA seguirían existiendo. Seguirían innovando. Seguirían construyendo máquinas extraordinarias. Pero el flujo de valor cambiaría. En lugar de un cheque universal financiado por impuestos o plataformas:

  • Millones de micro-regalías.
  • Licencias.
  • Mercados de datos creativos.

Una economía completamente nueva.

El error psicológico

El mayor problema no es técnico. Es mental. Durante dos siglos la gente ha sido entrenada para pensar como «empleados».

  • Trabajar.
  • Recibir salario.
  • Esperar instrucciones.

Pero en la economía de la IA ese modelo empieza a desmoronarse. El nuevo rol humano no es solo trabajador, es también:

  • Propietario
  • Negociador
  • Inversionista
  • Licenciante
  • Ciudadano

El «Corpus humano» es un activo económico gigantesco. Probablemente el más grande jamás creado por la especie. Y estamos discutiendo si debemos recibir un cheque mensual para sobrevivir mientras otros lo monetizan.

No se puede detener el tren

Aquí está la parte incómoda. La revolución de la IA no se va a detener por:

  • Protestas.
  • Regulaciones torpes.
  • Pánicos culturales.

El tren ya salió de la estación. Pero hay una diferencia enorme entre dos futuros posibles.

«Futuro A»

La humanidad recibe subsidios mientras las plataformas capturan el valor del Corpus.

«Futuro B»

La humanidad licencia colectivamente su creatividad y negocia con las plataformas.

En el primer escenario somos beneficiarios pasivos. En el segundo somos propietarios de capital cultural.

La verdadera rebelión

La rebelión del siglo XXI no será contra las máquinas. Las máquinas no son el problema. El problema es quién captura el valor del Corpus humano. La verdadera revolución será mucho más aburrida que una insurrección cyberpunk. Será legal. Contractual. Económica.

Un gigantesco movimiento global de creadores diciendo algo muy simple: «si quieres entrenar con mi trabajo, paga«.

Eso no es socialismo. No es estatismo. No es redistribución. Es simplemente derechos de propiedad aplicados a la economía de la inteligencia artificial.

Un principio tan antiguo que incluso «Murray Rothbard» probablemente levantaría una ceja aprobatoria desde el más allá.

El final irónico

Tal vez el resultado final sea algo inesperado. Tal vez el ingreso salarial humano sí disminuya. Pero al mismo tiempo aparezca otra cosa. Un flujo constante de ingresos por licencias del Corpus. Millones de pequeños pagos invisibles circulando por la economía digital.

La humanidad cobrando dividendos de su propia creatividad acumulada: sin subsidios, con pura participación. Lo cual, si uno lo piensa bien, es mucho más digno. Y probablemente mucho más peligroso para cualquiera que prefiera una humanidad tranquila, subsidiada… y silenciosa viviendo como un «pussy» esclavo de la «renta básica universal«.